Supongo que será la edad.

Hace un tiempo escuché hablar de Santiago Posteguillo y desde entonces tuve ganar de leer algo escrito por este autor.

Hace un par de tardes debía ir a la Biblioteca Municipal a devolver un libro (“Medio Rey” de Joe Abercrombie). Tenía varias lecturas apuntadas como pendientes, pero empecé buscando en los lomos las letras POS y encontré dos obras de Santiago Posteguillo. Opté por “La sangre de los libros”, pues en su contraportada leí “…nos guía en un magnífico viaje desde los discursos de Cicerón hasta las obras de Asimov por la historia más enigmática y sorprendente de la literatura universal”.

Y claro, al leer Asimov empecé a salivar. El libro es fascinante. Leyéndolo podréis conocer muchas anécdotas relacionadas con los autores y obras más importantes de la Literatura. Posteguillo las narra con tal maestría que no puedes soltar el libro. Juega con el lector a que descubra de qué autor habla, desvelando el nombre del protagonista de la historia casi al final de cada relato. Y termina casi siempre con una opinión personal que relaciona el pasado con el presente.

Pero de todo lo que leí, unos versos me emocionaron especialmente:

Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano
tienda, próximo a expirar,
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidríe
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena, en mi funeral),
una oración al oírla,
¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,
¿quién vendrá a llorar?

¿Quién, en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?

A leer esta composición de Gustavo Adolfo Bécquer recordé, sin saber por qué, otros versos de Jaime Gil de Biedma.

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Supongo que será la edad.

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