“Dark”, el lado oscuro e inteligente de “Stranger Things”.

Resulta difícil no comparar “Dark”, la primera producción alemana de Netflix, con “Stranger Things”. En ambas series, descubrimos los extraños misterios que esconden Winden y Hawkins a partir de la desaparición de un niño. Pero la serie co-creada por Baran Bo Odar y Jantje Friese deja en muy mal lugar a la sobrevalorada obra de los hermanos Duffer.

“Dark” habla de viajes en el tiempo y de la posibilidad de cambiar nuestro destino, algo ya muy visto, pero cuyo tratamiento eleva su calidad. 

La tenebrosa atmósfera consigue crear un clima desasosegante y, en todo momento, se tiene la sensación de que todos los vecinos ocultan algo turbio. Además, la rigurosa puesta en escena y el milimétrico montaje crean una tensión constante, conectando las líneas temporales de una forma muy efectiva y nada grandilocuente.

La acción en “Dark” se desarrolla lentamente. Los guiones de los diez capítulos de la primera temporada saben estimular la curiosidad, desvelando los enigmas sin prisa y con sutileza. Esta contención es la que, precisamente, permite no perderse entre las conexiones de unos personajes con otros.

La excelente banda sonora firmada por Ben Frost consigue inquietar sin aspavientos, resaltando musicalmente las partes más importantes de la trama. El compositor firma una partitura sobria y coherente con las imágenes de Winden, el boscoso y frío pueblo donde tienen lugar los misterios temporales de “Dark”.

Y con esta serie, por fin, vemos un producto que no abusa de la nostalgia por los años ochenta. Aunque parte de la historia se desarrolla en 1986, los creadores no lo toman como excusa para explotar esa melancolía ochentera que ya aburre.

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