Maldiciones venéreas.

Ya lo dijeron en “Scream” de Wes Craven: quien disfruta del placer sexual no termina vivo la película. Como el joven Kevin Bacon de “Viernes 13” (1980) que moría asesinado por Jason Voorhees (bueno, ya sabéis por quién en realidad) mientras disfrutaba del cigarrillo posterior al coito.

Cinco años antes, en 1975, David Cronenberg ganó el premio al Mejor Director en el Festival de Sitges con su debut tras las cámaras, “Vinieron de dentro de…” (Shivers).

La película empieza con un anuncio publicitario que destaca los beneficios del moderno edificio Starliner. Es en este complejo residencial donde un científico experimenta con una joven estudiante inoculándole unos extraños parásitos. Pero el experimento se descontrola cuando la chica mantiene relaciones sexuales con varios hombres del edificio.

El parásito, para poder propagarse, aumenta el apetito sexual del cuerpo que lo contiene. Y, claro, la película termina en una orgía de sangre entre todos los vecinos. Lo mejor es que Cronenberg no opta por la corrección política y podemos ver sexo con menores, incesto y relaciones homosexuales.

Y en 2014 se estrenó “It follows”, donde una chica es perseguida por una fuerza sobrenatural tras mantener relaciones sexuales con su novio. Esta maldición venérea la perseguirá para matarla, pero puede librarse de ella contagiando a otra persona mediante la cópula.

La modernidad y la libertad sexual parecen conllevar la muerte.

¿Nos están programando?

Saturno mandará un pulso hexagonal.
Preguntarás ¿por qué?
Te voy a contestar:
nos están programando.

“El día a día de mi psicopatía”. Fangoria. Miscelánea de canciones para robótica avanzada (2017).

¿Somos capaces de aceptar un nuevo régimen totalitario?

Los recuerdos contados por DeFred, la protagonista de “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, nos permiten conocer los inicios de la nueva sociedad llamada Gilead.

Lo que más sorprende, a priori, es leer con qué facilidad asume la población (es este caso estadounidense) el advenimiento gradual del totalitarismo.

“[…] En ese momento culparon a los fanáticos islamistas. Hay que conservar la calma, aconsejaban por la televisión. Todo está bajo control.”

“[…] Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. Dijeron que sería algo transitorio. Ni siquiera había disturbios callejeros. Por la noche la gente se quedaba en su casa viendo la televisión y esperando instrucciones.”

Y con qué facilidad se acostumbra la población a la falta de libertad para conseguir seguridad (real o no).

“[…] Ya estábamos perdiendo el gusto por la libertad, nos parecía que estas paredes eran seguras.”

En el libro de Margaret Atwood también podemos leer algún ejemplo de lo que Julio Anguita llama “la moral del esclavo”. Cuando alguien defiende a quien le explota, al que defrauda o a la clase política corrupta, “ha llegado al nivel más bajo al que puede llegar un ser humano: bendecir la porra que le golpea, besar las botas que lo pisan”.

“[…] Sois una generación de transición, decía Tía Lydia. Es lo más duro. Sabemos cuántos sacrificios tendréis que hacer. […] Será más sencillo para las que vengan después de vosotras. Ellas aceptarán sus obligaciones de buena gana.”

Creo que ahí está la respuesta a la pregunta con la que iniciaba esta entrada: ¿Somos capaces de aceptar un nuevo régimen totalitario? Sí, con el debido tiempo y la necesaria programación.

En la novela “Nos mienten” de Eduardo Vaquerizo podemos ver un ejemplo. La historia tiene lugar a mediados del siglo XXI en Madrid, donde las corporaciones han sustituido a los estados y el centro de las grandes ciudades son fortalezas tecnológicas donde viven los ricos.

En la sociedad descrita están acostumbrados a padecer atentados terroristas diarios. Pero Nora, la protagonista, descubre que uno de esos atentados es falso. No se ha producido. ¿Buscan, entonces, crear y mantener un estado de miedo?

Un miedo artificial que sirve para que, llegado el momento, nadie dude en aceptar lo que ahora rechazaría. Y claro, viendo últimamente las noticias me pregunto: ¿Nos están programando ya? ¿Estamos tan lejos de aquello que nos narra DeFred?

La distancia (visual) entre una madre y su hijo.

En 2009, el joven director canadiense, Xavier Dolan, debutaba en la dirección con su película “Yo maté a mi madre”. En ella, un adolescente muestra un odio visceral hacia su madre. Cómo le habla, cómo viste, cómo se comporta, todo en ella le produce rechazo.

En una de las primeras escenas juntos, vemos una conversación entre madre e hijo en plano-contraplano frontal. El director rompe la regla clásica que recomienda construir el plano dejando más espacio en la dirección donde está el personaje fuera de campo. Dolan opta por una decisión formal que deja los rostros pegados a los límites del plano, dejando a los personajes “sin aire”, creando así una metáfora visual de su relación.

Este año, el joven director español, Eduardo Casanova, ha presentado su primer largometraje,”Pieles”. La película producida por Álex de la Iglesia se compone de una serie de historias que se van entrelazando. Una de ellas muestra la imposible relación afectiva de una madre con su hijo.

En su primera escena juntos, ambos mantienen un conversación (también en plano-contraplano frontal) donde ella no es capaz de comprender que su hijo no quiera tener piernas porque no las considera suyas.

En este caso, Casanova sí opta por construir el plano dejando más espacio en la dirección donde está el otro personaje. Pero acentúa la distancia entre ambos al máximo, pegando también los rostros al límite del plano y creando una metáfora visual de la separación emocional de la madre con su hijo.

“Pieles”. 2017. Eduardo Casanova. En cines.

“Yo maté a mi madre”. 2009. Xavier Dolan. Ver en Filmin.